por Miembros de APDA
Lic. Marcelo Roffé.
Lic. Gabriela Jeifetz.
Carolina Cosentino.

Cuando lo importante no es competir

¡Mirá, te hice socio del club de mis amores, al que me llevaba el abuelo! ¡Feliz cumple. Te traje el equipo completo de regalo! Y… ¿aprendiste a hacer jueguito? ¿Le vas a dedicar el triunfo de hoy a mamá? ¡¿Cómo que empataron?! ¡¿Por qué te dejaron en el banco?! ¡¿Querés dejar el entrenamiento?! ¡¿No te gusta más el fútbol?! ¡Socorro: mi hijo no quiere ser campeón!
La actividad deportiva es un factor clave para el crecimiento de los niños y niñas. El deporte -dice el refrán popular- es salud; al mismo tiempo, es un agente socializador de importancia. Cuando los chicos comienzan a hacer deportes empiezan a relacionarse con otros niños y niñas, a reunirse con sus pares. El deporte permite poner el cuerpo en acción, moverse y así, expresarse. Es, fundamentalmente, juego, e incluye un espacio para la competencia. Al practicar deportes los chicos aprenden a internalizar reglas jugando a ganar y a perder, y viceversa. No obstante, cuando el juego deportivo está estructurado en función del éxito, cuando lo que importa son los resultados y el principio rector es ganar a cualquier precio, el juego deja de ser tal y la lucha por la victoria se convierte en un sufrimiento. Así, jugar a la pelota, nadar, practicar tenis, aprender a dar grandes saltos, tacklear a un compañero, de divertido… no tiene nada.

Bienvenidos al club

En el libro Mi hijo el campeón (Lugar Ed., Bs As, 2003), los licenciados Marcelo Roffé, Alfredo Fenili y Nely Giscafré, señalan los beneficios del deporte en la infancia: “A través del deporte el niño logra desarrollar destrezas y aprender habilidades, desarrollar la personalidad a través de la motivación para la competencia, fortalecer su autoestima en el respeto y la aceptación de sí mismo, desarrollar habilidades sociales, aprender a aceptar un reglamento que es igual para todos y que lo lleva a aceptar posibilidades y límites, desarrollar procesos de percepción, evaluación, decisión y acción”. Los profesionales destacan que no se trata de beneficios que se transmitan y adquieran automáticamente por la mera práctica sino que “deben ser cuidadosamente planificados y reforzados por los adultos”.
Así como en otras instancias de la vida de los hijos, también en el desarrollo de la práctica deportiva es fundamental la actitud que al respecto tengan los padres. Para la licenciada Gabriela Jeifetz, psicóloga especializada en clínica y deporte : “El apoyo -la incentivación- por parte de los padres para que sus hijos practiquen deportes, es fundamental, pero es importante no confundir motivación con presión.”
Al respecto, el licenciado Marcelo Roffé, presidente de la Asociación de Psicología del Deporte Argentina (APDA), aclara que: “Existen actitudes de los padres que convierten al deporte en algo muy distinto a la diversión, a la actividad lúdica que es. Imponer al hijo el deporte a practicar puede ser contraproducente, aún cuando el niño tenga cualidades, también exigirles y presionarlos para que sean ‘campeones’ puede malograr el desarrollo de un deportista, lo mismo si se aceleran los tiempos y la evolución natural del niño”.
Carolina Cosentino, ex gimnasta y actual entrenadora, señala en relación a este punto que “muchas veces se dice que ‘cuanto antes se comience mejor’, pero la verdad es que no se pierden ni se ganan capacidades porque no se entrene desde que se aprende a caminar. El entrenamiento, en el caso de una gimnasta, yo recomiendo desarrollarlo a partir de los seis años de edad, antes hay educación física infantil pero eso es otra cosa. No podemos hablar en niñitas de tres años de entrenamiento, porque entrenar implica todo un trabajo que no puede hacerse ni exigirse a una chiquita a esa edad”.

Para Jeifetz, también miembro de APDA: “En la etapa de iniciación deportiva se intenta que el niño adquiera las habilidades físicas y psíquicas básicas para la competencia, es importante que el niño descubra todo el potencial de movimiento que hay en él mediante la realización de tareas acordes con su grado de evolución individual. De lo que se trata es de adaptar el deporte a los niños y no los niños al deporte. La enseñanza apunta a educar al cuerpo a través del movimiento y no en función del movimiento, cuando esto no se cumple los chicos se sienten presionados, frustrados, dejan de divertirse y eso hace que busquen alejarse del deporte”.

Mi papá me presiona

Incentivados por sus padres, los chicos comienzan a ir al club, a desarrollar destrezas y a gozar del juego del deporte, pero muchas veces, pasado un tiempo, esos mismos niños empiezan a poner excusas para no ir a la práctica: dicen que están cansados o que no tienen los botines que necesitan. Los papás, desorientados, dolidos también por el bajo rendimiento y la negatividad de sus hijos a seguir ‘jugando’, no logran ver que sus niños están queriendo decirles de alguna manera que algo no anda bien en ese juego. “Vivimos en una sociedad exitista, lo único que importa es ganar, los chicos reciben estos mensajes desde las publicidades de los canales infantiles, no se los invita a tomar la leche para jugar, se les propone tomar la leche para ganar, y muchos veces los padres, ‘sin querer queriendo’, incentivan esto. Los padres pueden ser una guía y un agente motivador tanto como un factor de presión. Podemos graficar dos tipos de miradas de padres: uno, el que le pregunta al hijo luego de un partido: ¿te divertiste?, y el otro que pregunta: ¿ganaste? Lo fundamental, como padres, cuando nuestros hijos se inician en la actividad deportiva, es acompañarlos. Acompañar es preguntar a los chicos si quieren que vayamos a verlos jugar, es observar la competencia sentados sin gestos, sin críticas, ni al propio hijo ni a los rivales ni al árbitro, acompañar es comprarle una gaseosa cuando termina el juego, no hablarle del partido inmediatamente que terminó. Muchas veces los padres, aún con las mejores intenciones, proyectan en los hijos su ansiedad, los objetivos cambiados, las propias frustraciones y se convierten en una presión que resulta un fuerte obstáculo tanto para la diversión como para el desarrollo deportivo y humano de ese chico”, define Roffé, responsable del área de psicología del deporte de los seleccionados argentinos de fútbol juvenil (AFA). Y agrega: “Acompañar es también depositar la confianza en los entrenadores. Es muy importante que los padres hablen con el entrenador, que lo tanteen sobre su manejo con los niños, que sepan si ese profesional ve el deporte como un medio para educar o si en realidad lo que busca es salvarse descubriendo un talento. El entrenador que no está especializado para trabajar con niños confunde los objetivos. Los chicos van a practicar un deporte para tener amigos, o para tener un momento de descarga y de diversión, y terminan abandonando porque el entrenador los presiona con los resultados y porque los lleva a la competencia”.

Ganar, ¿siempre ganar?

Desde el comienzo de los tiempos el hombre -occidental- ha pretendido, y buscado, ganar, en el deporte, en el arte, en la guerra, en la política. En nuestros tiempos, el éxito, la fama, la gloria, la victoria se imponen como ejes rectores de la vida toda. Y los niños, aún desde la más temprana infancia, no están exentos de los mensajes exitistas. Para Roffé el problema es que hoy se confunde la victoria, por la que constitutivamente se lucha en el deporte, con la fama y el dinero. Junto a Fenili y Giscafré, Roffé sostiene en Mi hijo… que: “Ganar (siempre y con perfil alto para que todos se den cuenta), ser famoso y mediático, tener dinero, etc, nada dice de ser feliz (…) Engañoso y lábil como pocos el culto al campeón esconde miserias humanas y nos aleja de los ideales que guían al deporte. Si no nos olvidamos que ganar es lo único, no vamos a hacer otra cosa que transmitir ese mandamiento. Callejón sin salida para los chicos”. No obstante, el licenciado aclara: “El ser humano, por estructura, es competitivo. No importa a qué juegue, uno siempre quiere ganar, nadie juega para no ganar, el tema es que eso no esté en primer plano, el eje hay que ponerlo en el buen desempeño, que ganar sea una consecuencia y no una causa, y más aún en edades formativas”.

“Nada bueno se logra bajo presión”

Carolina Cosentino fue gimnasta, es profesora y entrenadora de gimnastas, y, además, mamá de Renata que acaba de debutar como gimnasta, lo cual, explica Carolina, es toda una rareza. “Somos pocas las ex gimnastas con hijas en la misma senda. En general se les inculca a las hijas que no, que el sacrificio es muy grande, que las presiones son muchas, que las comidas, que el cuerpo… En mi caso, que amo mi deporte, lo que hice fue proponerle, preguntarle a mi hija si tenía ganas y ella dijo que sí. Empezó a entrenar y ahora está fascinada. Pero fue decisión de ella, yo nunca la presioné”. Cosentino fue gimnasta desde niña y hasta los 21 años de edad en que, decidida a seguir el profesorado, y atenta a la responsabilidad, el tiempo y la dedicación que le implicaba su entrenamiento, optó por abandonar la gimnasia y continuar estudiando. “Para ser un buen deportista hay que tener, fundamentalmente, cabeza, además de condiciones, hay que saber qué exige el deporte y qué estamos dispuestos, y qué no, a dar a cambio, no es bueno actuar bajo presión. Yo doy clases a niñas y nunca exijo a mis alumnas la presencia en el entrenamiento a contra de dejar otras actividades, mis alumnas son chicas con actividades como tantas otras niñas de su edad y si tienen un cumpleaños, ¿por qué no van a ir? Es cierto, cuando decidís entrenar para competir eso exige de vos una dedicación importante, habitualmente entrenamos tres veces por semana durante dos o dos horas y media, pero todo debe ser elegido personalmente, nada bajo presión”

Para seguir leyendo

– Mi Hijo el Campeón – Las presiones de los padres y el entorno, Marcelo Roffé, Alfredo Fenili y Nelly Giscafre, Lugar Editorial, 2003.
– Alto Rendimiento, psicología y deporte, Marcelo Roffé y Francisco G. Ucha, Lugar Editorial, 2005.
– Fútbol de Presión – Psicología aplicada al deporte, Marcelo Roffé, Lugar Editorial, 2000.
– Psicología del jugador de fútbol. Con la cabeza hecha pelota, Marcelo Roffé, Lugar Editorial, 1999.