Lic. Alejandro Sosa

Sucede que en los últimos años el número de futbolistas profesionales involucrados en doping se incrementó, y sucede que el resultado de pruebas positivas, con restos de, las conocidas “drogas sociales” (marihuana, entre otras), se repite con frecuencia. Aclaremos: decir “drogas sociales” es poner un manto de piedad falso que no es más que un adjetivo mal intencionadamente utilizado, “sociales” son los clubes, las escuelas, el deporte. La droga solo es droga y punto. Es capítulo de otro libro, basta con saber que no se contempla en los principios fundamentales de la deportividad, del juego y la competencia leal. Ahora bien, el doping es una errónea alternativa de “solución mágica” de un deportista dirigida solo a mejorar el rendimiento deportivo de un modo desleal. La adicción a una droga es también una equívoca solución a un conflicto de índole personal. Aquí se ven las dos caras diferentes en la misma moneda, el ser humano. El consumo de marihuana, por ejemplo, lejos está de incrementar el rendimiento deportivo. Deportistas involucrados en el consumo de drogas son afectados no solo en su vida deportiva, sino también en sus aspectos personales y sociales; sobre todo cuando, por tratarse de figuras reconocidas, públicamente enfrentan otro tipo de consecuencias.
Considerando que el deporte de alto rendimiento implica en sí mismo lograr la máxima exigencia física, es válido, por definición, reconocer también el logro de la máxima exigencia psicológica; para lo que se necesita una personalidad dispuesta a exponerse a un gran incremento de las funciones psíquicas. Así, las reacciones emocionales pueden interpretarse como una respuesta adaptativa del deportista frente a situaciones deportivas y personales generadas por una profesión de alta exigencia competitiva. Cuando existen cambios en el sistema de valores del deportista nos encontramos frente a una clara situación de conflicto que, entiéndase: el consumo en un jugador de fútbol profesional se le presenta a él como el mayor enemigo a su felicidad… jugar al fútbol. El futbolista se expone en su profesión a permanentes situaciones de crisis y cambios. Estar en un medio donde las presiones y las exigencias son las cartas que se reparten en el día a día, y sumado a que en el ritmo de vida de un jugador profesional, las relaciones interpersonales se encuentran teñidas de múltiples factores que, son simplemente distintos al “común de la gente”, aumenta las probabilidades de padecer alguna adicción, como una falsa ilusión de pseudosolución a una realidad en otro ritmo, en la que el equilibrio psicológico es fundamental para la convivencia entre el deporte, el profesionalismo y la vida privada. Es menester del psicólogo deportivo trabajar, entre otras áreas, la prevención del doping y del consumo de drogas, anticipando las posibles situaciones de riesgo que pueden presentarse en la agitada y presionada vida de un futbolista profesional, promocionando el cuidado de la salud mental del deportista y del ser humano que habita en él, sobre quien se construye su soporte profesional.