Lic. Marcelo Roffé

Introducción

Basta recorrer la planta baja de la Asociación del Fútbol Argentino, presidida hace 27 años por Julio Humberto Grondona, en la calle Viamonte 1366, para comprender lo que intentaremos plantear. Muchas copas, trofeos y ensaladeras de diferentes tamaños que nos hablan de la riqueza y la historia de nuestra Selección Nacional.

Es un país que “vive” respirando fútbol, que transformó este deporte en una cuestión de Estado donde hoy es tan difícil ser Entrenador de la Selección Mayor como Ministro de Economía.
Aquí vivimos. Y es en esta cultura que el “valor Selección” tienen un antes y un después del año 1974 y un antes y un después del año 1994. ¿Por qué? Primero con César Luis Menotti quien le dió otro estatuto al trabajo y luego con José Néstor Pekerman y su proyecto de juveniles que desembocó merecidamente luego de doce años, en este presente de semillas cosechadas en grande. En el medio Carlos Salvador Bilardo y sus dos finales consecutivas en 1986 y 1990 y un símbolo: Diego Armando Maradona.
Para nosotros el único, el diferente, el más grande dentro de la cancha. Sinónimo de camiseta transpirada, de talento desparramado, de amor propio, de jugar lesionado, de llorar por esta camiseta, de dar todo sin guardarse nada. En una palabra, sinónimo de Selección Argentina como ninguno. Que él sea “nuestra droga” y los argentinos no podamos dejar de mirarlo y consumirlo es otro problema, que excede estas líneas.

Desarrollo

¿Qué es jugar a la nuestra? ¿Qué representa para un futbolista vestir esta camiseta?
¿Lo motiva o le pesa? ¿Porque pensamos que hay jugadores de Selección y otros que no? ¿Cuáles son los méritos que hay que acumular para llegar a la elite de la elite?
No es casual que el Cholo Simeone sea el jugador que más veces vistió esta camiseta.
Y más que talento derrochaba actitud. Es un emblema nacional, nunca dijo que no, siempre estaba dispuesto al esfuerzo. Ese es el orgullo celeste y blanco. Para desandar lo que para los futbolistas argentinos significa la Selección hay que poder diferenciar valor de precio, gloria de fama, identidad de identificación.
Identidad del futbolista que es transformada en identidad colectiva y donde el fútbol viene a ocupar ese “vacío” en épocas “globalizadas” de crisis de ideales e identidades.
Donde el fútbol en Argentina construye la idea de pertenencia y de territorio. País este con un embajador muy peculiar: El Diego. La película iraní “El sabor de las cerezas” mostraba una casilla de un trabajador en el medio del desierto y la cámara en un momento se detiene en un póster: era “El Diego” en el Mundial 86 llevando el balón. Un nombre representando un país.
País exageradamente “exitista” que exacerba los ganadores y los perdedores, los éxitos y los fracasos. Como si los grises no existieran, como si resultado fuera igual a desempeño.
Emociona ser testigo de cómo Ubaldo Matildo Fillol, campeón del mundo con esta camiseta, les transmite a los juveniles la importancia de tener ese escudito que dice AFA justamente en el corazón.
En estos seis años de trabajo en Ezeiza llegué a algunas conclusiones parciales: “La Selección no te espera como el club”; “La Selección es como estar finalmente con esa mujer de tus sueños que te “rompe” la cabeza: te dá mucho pero también te exige mucho”; “En la Selección la exigencia es muy alta, tan alta que parece que lo que uno hace, nunca alcanza”.

Aquí nos detenemos un momento. Las exigencias externas son altísimas. Casi todos los jugadores y personal técnico-administrativo de AFA asienten cuando ven en mi consultorio esta última frase hecha cartel. Solo veinte o veintitrés frutos quedan seleccionados de la pre-selección de entre ciento veinte y doscientos mejores frutos que había en los cajones. Aprendí de Pekerman y su equipo que lo que los futbolistas hacen bien en sus clubes les alcanza para llegar pero no para mantenerse. Hay que poder dar algo más. Muchas valoran más el haber estado cuando ya no están, pero mientras estuvieron no pudieron aprovechar la oportunidad…
Las auto-exigencias del futbolista combinadas con las auto-presiones y los miedos en muchos casos “tiranizan” sus mentes y no pueden soltarse, no pueden dar el potencial que tienen. Estan los que llamamos “jugadores de Selección” como Claudio Caniggia que siempre daba con esa camiseta algo más. Y hay muchos casos inversos. El último reciente en el Mundial 2002. Ir como candidato fue una presión que muchos no pudieron soportar. Hay que entrenar la cabeza para ser banca. Son muchos los ojos que ad-miran a los candidatos. Es mucho lo que la gente espera entonces. Y las presiones existen siempre, mas allá y más acá de ciertos “triunfalismos” lastimosamente autóctonos.

Conclusión

El valor Selección está instalado. Es orgullo nacional, es actitud, es sentirnos importantes a nivel mundial al menos en algo….consuelo de país pobre.
“La Selección es lo máximo” escuchamos en boca de sus protagonistas y hay que creerles. No es una postura. La Bersuit lo definiría como una “argentinidad al palo”.
Y ese sentimiento de querer estar, de pertenecer, de ser parte de un país que se “detiene” a ver como juega su Selección , se transmite “culturalmente” en las canciones que mi hijo Tobías de 4 añitos canta en el jardín ( “..y la camiseta de la Selección”) o que mi hijo mayor Joaquín leía de más pequeño en su libro de cuentos “El sueño de Martín es jugar un Mundial para Argentina”.

Dejar todo en la cancha sin guardarse nada, con motivación y orgullo, sabiendo que esa divisa está por encima de todos y de todo, con profesionalismo extremo, intentando quedar en la historia, sintiéndose ese futbolista prestigiado y “elegido” , con ganas de estar siempre, construyendo una mística especial.
Y si no, que lo diga un referente de la Selección española de Fútbol como Julio Salinas: “España vá a ganar algo cuando sus futbolistas sientan lo que sienten los jugadores argentinos por su Selección”. Todo dicho. Ese sentimiento no se compra en ningún negocio ni con todo el oro del mundo.