Lic. Ariel Borensztein

La motivación aparece como una de esas palabras mágicas que definen situaciones a favor o en contra; término utilizado para justificar una actuación deportiva, existe a partir de este punto una aceptación social permisiva del hecho.
Para graficar este ítem voy a cambiar de deporte, usaré el ejemplo del fútbol profesional; situemos la ocasión en las fechas finales de un campeonato de primera división, instancia a la cual llegan equipos en diferentes situaciones. Unos aspiran al título y pelean por el ingreso mediante la sumatoria de puntos a lo largo del año, a ingresar en una copa internacional que arroja fuertes dividendos a las instituciones, así sirven de paliativo al desajuste económico conocido públicamente. Otros, los menos afortunados luchan por la permanencia en la máxima categoría del fútbol argentino. ¿Qué ocurre con el resto de los equipos?, ¿cómo se logra mantener motivado a quien por nada juega?.
Se dan así resultados sorprendentes que contradicen la lógica a priori de los más avezados comentaristas del medio. Ahora bien, este paralelo entre dos deportes hipercompetitivos, fútbol y tenis, jugados por una enorme cantidad de gente a nivel mundial, responde a cierta coherencia que reina en el ámbito deportivo en general. Una de las conclusiones podrían ser que un deportista con baja motivación no responde en el nivel esperado por el mismo, por su entrenador y por sus compañeros de equipo.
Podemos tomar como referencia válida, que existen dos tipos de motivación, una externa y otra interna. La primera tendrá que ver con el reconocimiento a través del público, del premio (puede leer dólares en profesionales), la fama, etc. La segunda responde a expectativas propias que todo ser humano acarrea. Objetivos, metas, deseo de éxito, posibilidad de disfrute del deporte aún en competencia, etc.
Evidentemente poco podemos hacer con respecto a la motivación extrínseca, cada cual juega los torneos que están a su alcance, acordes a su rendimiento deportivo, ningún amateur pue3de jugar la qualy de un Grand Slam para probar suerte y así la posibilidad de un suculento premio; tan exigente es este ambiente que tampoco pueden jugar esta clasificación, aquellos jugadores profesionales que no cumplan con el ranking mínimo impuesto.
Para jugadores amateurs en general (para algunos profesionales, ídem) la motivación deberá encontrarse en el interior de cada ser humano, bucear en esta agua poco clara no es sencillo, de hecho la fluctuación del rendimiento reinante en el tenis, indica que no todos los días son iguales para el deportista.
En competencia no existen diferencias abismales como se supone entre profesionales y jugadores de interclubes o intercentros; ambos deben cumplir con ciertas pautas, horarios, condiciones, enfrentar rivales no deseados, etc. Muchos al jugar intercentros se sienten con “pocas ganas” por las condiciones de la cancha, del rival, por la falta de luz artificial digna, por las balls que tienen más de 500 partidos encima, porque el rival tiene panza, fuma y encima me está ganando.
Hete aquí la presencia de este resorte que dispara el rendimiento deportivo hacia una actuación acorde a las aptitudes de la persona o hacia el partido para el olvido con el consiguiente mal humor.
Refuerzo la siguiente idea: se trabaja para que el rendimiento sea lo más cercano posible esperado por el deportista.
El arte reside en hallar la variable que dispara la situación a favor y no en contra.