Facundo Sava
Jugador de Quilmes, mas de 100 goles en 1ª división, jugo en Racing, GELP, Ferro, España e Inglaterra. Además es psicólogo social.

La cancha, ese espacio donde nacen los sueños de goles y gambetas, es un lugar de pertenencia de los chicos. En la etapa de formación, el juego por el juego en sí -algo que también se debe naturalizar de grande- es la esencia que no tiene que sufrir alteraciones. Quienes están afuera, los padres, familiares, amigos, que asisten para observar de cerca la felicidad de su hijo deben, necesariamente, permanecer al margen de lo que sucede adentro, donde los chicos son dueños de su libertad de crear, inventar, comunicarse, disfrutar. Todo eso es lo que supe interpretar desde mi niñez, con la modalidad utilizada por mis padres, quienes tomaban esta incursión en el deporte con la emoción de verme gozar, más allá de ganar o de perder un partido, verme feliz de hacer lo que me gustaba y me apasionaba.
La idea original, según me explican mis padres, tiene que ver con un argumento claro: porque involucrarse demasiado es generar una presión. Eso, en definitiva, era lo que no querían hacerme sentir para no cortar esa posibilidad de tener decisión, real independencia dentro del ámbito donde un chico no tiene que atender más cuestiones que las de jugar. Esa comprensión, claro, tiene que ver con una forma de vida, con una ideología. Desde la mirada que la situación estaba dentro de un contexto social del cual ninguna actividad es ajena.
Cuando jugaba, mi padre se sentaba solo a un costado, alguna vez junto a alguno de mis hermanos, otras con mi madre. Siempre en silencio, viendo cómo desde ese lugar uno se divertía con lo que hacía. El me dejaba ser. Si en los partidos asomaba alguna situación especial de juego o una escena que despertaba el interés por meterse, sabía que no lo iba a hacer, simplemente porque respetó esa decisión propia de su hijo. Al margen de que algunos padres se pusieran nerviosos o de una ambiente tenso, nunca perdió esa línea de pensamiento de entender que el espacio es, únicamente, para el chico.
La atención, sí, se ponía en ver con quién te relacionabas. Esa era una obligación y, a su vez, una responsabilidad que se debe tener como padres. Dónde jugabas, con quién jugabas, cómo eran los entrenadores, cuál era la idea de ir a un club. Siempre era un tema a revisar, sabiendo que tanto en el baby fútbol como en Ituzaingó o en Ferro -todos clubes que yo me encargaba de buscar, ya sea por amigos o conocidos- estaba con gente que, entendían, me iban a cuidar como si fueran mis padres. Beto Bargas, Alberto Sala, Santucho, Miguel Micó, Carlos Griguol, todas personas que desde la conducción daban garantías para que todo aquello fuera sencillo.
En más de una ocasión, otros padres les comentaban a los míos sobre mis actuaciones o mis goles. Les decían, cómo no iban más seguido a verme, que la estaba rompiendo, le contaban el gol que tal vez se habían perdido por tener otras obligaciones. Porque en la etapa del baby fútbol mi padre me iba a ver solamente cuando jugábamos de local y mi madre casi nunca porque el sábado era el día elegido para limpiar la casa donde vivíamos, ya que en la semana trabajaba y los tiempos estaban acotados. La respuesta de ellos era clara y también tenía que ver con el concepto original: lo mejor para mí, como dice Pichón Riviere, es tomar distancia óptima, no estar ni muy cerca ni muy lejos.En ese sentido, estar cerca siempre tuvo que ver con explicar que el estudio debe acompañar a ese espacio para la diversión, para realizar lo que me apasiona. Ese era el consejo, entendiendo que eso te permite estar más preparado, adquirir nuevos conocimientos, ser más sensible, conocer a otras personas y aceptar la diferencia, ser más solidario, adaptarse a la realidad, entrenar la mente, entre tantas otras cosas.
Mi padre siempre supo -o al menos lo pensó y me lo dice- que yo iba a terminar siendo futbolista, simplemente porque sentía que amaba jugar y, también, porque notaba desde afuera que lo hacía muy bien dentro de una cancha. Que su tarea se basaba en esto de apoyar decisiones, abrir otros caminos, sin pensar que iba a vivir del fútbol. Porque uno puede llegar a ser jugador sin tener esa posibilidad de que el dinero te ofrezca una tranquilidad. Lejos de cualquier interés material porque el chico sea capaz de gambetear a siete jugadores y al arquero para que en el bolsillo le quede otro valor más que el del placer de la jugada, ellos hicieron hincapié en lo ético, en el amor, en el trabajo, en la cooperación, que son actitudes y sentimientos básicos en la vida.
Al creer que no existe un ser superior, considero que cada uno es dueño de sus propios actos, protagonista de su vida, y eso te hace sentir más importante y comprometido con uno y con la sociedad. De chico, con ese espacio para tomar decisiones dentro de un campo de juego, con esa libertad de mis padres. De grande, cada vez que me voy a jugar mi esposa me dice lo mismo: disfrutá del partido, divertite, que la pases lindo, nosotros te vamos a estar acompañando. Esas ideas esenciales, con el tiempo, nunca cambian.