Lic. Jesús María Chalela Suárez

Un artículo del periodista brasileño Rossó Cauaca de la década del 50 nos decía:

“quien ya asistió o participó de un partido en el campito, sabe si el arco representa un castigo duro para cualquier niño”. Cuando el grupo se reúne en medio del campo (generalmente un terreno baldío), la primer cosa que se hace es la “pisadita” para elegir lo jugadores:

– Quiero a Valdir -dice el capitán que ganó la “pisadita”.

–   Yo quiero a Haroldo – dice el otro.

Y así uno a uno, hasta que sobra toninho. No sabe patear, no sabe driblear, no sabe pasarla, no cabecea, no sabe hacer nada. Entonces hay solo un lugar para toninho: el arco.

El  escaparía  del  castigo  si  fuese  el  dueño  de  la  pelota.  Ahí,  en  la  hora  de  la sentencia, puede tomar la pelota bajo el brazo y amenazar:

–       “si no juego en la delantera no hay partido…. ”

Infinidad  de veces aprovechábamos los espacios verdes, los baldíos,  los campitos, los parques. Jugábamos dos contra dos, tres contra tres, y a medida que otros iban llegando, se armaba flor de partido. Los arcos, eran de lo más variado, de dos pasos de un paso, de tres pasos, y hasta de ocho pasos. Jugábamos con golero, sin golero y hasta con golero de “peligro”. Los palos con lo encontráramos, piedra, ropa, palitos, otra pelota, etc. Etc. Lo mismo sucedía con el partido diario sobre el asfalto, en el barrio, donde las vecinas sufrían por miedo a la rotura de un vidrio (que si esto sucedía mangueábamos a nuestros padre para reponer el vidrio roto).

Transpiración,  olor,  caras  sucias,  golpes  sin  intención  de lastimar,  habilidad, diversión, creatividad, dominio, destreza, alegría, placer, encanto de correr tras una pelota y hacer libremente lo que se nos ocurriera. La hora de cada tiempo…, ¡ah sí!, la daba las ganas de comer, ese reloj interior, o el llamado de la madre, para hacer un mandado. Ni la lluvia suspendía el “picado”. Descalzos, con los incalcuer, con los zapatos viejos o algún champion heredado del hermano mayor iba pasando el tiempo y soñando con la vida, con las fantasías, con la diversión y las ganas de salir día a día a jugar a la pelota. La peor penitencia era no poder salir a jugar,  a encontrarse con el amigo, con el vecino y algún que otro pariente que se asomaba por la cuadra o el campito. La pelota, de plástico, de goma, de media, rellena de diarios y/o trapos y de vez en cuando alguna de cuero.

Juego, jugar, saltar, andar, creatividad y alegría. “… Antes, el fútbol para los pibes era otra cosa. Campitos por todos lados, pasto y tierra para amasijarse a lo largo del día, aprendiendo la pisada, el taquito, la jopeada, tantas habilidades nuestras, sólo nuestras,  se  hicieron ahí,  en  los  campitos…  ¡por  Dios!  Se  la  pasan  toda  la  tarde gritándoles  a  los  pibes,  dándoles  instrucciones  tácticas, quitándoles  la  alegría  de jugar. A esa edad, lo que más importa es divertirse, el fútbol no puede ser otra cosa que  un juego. Sin dramas,  sin  apuros, sin estrategias.  Que agarren la pelota  y la gasten. Después habrá tiempo de tácticas. Pero antes tienen que hacerse hábiles y fuertes.  Habrían  que  dejarlos  que  se  expresen libremente,  sin  ataduras.  En  todo caso,  que  les  mejoren  lo físico  y  los  alimenten  bien,  porque  muchos  de  esos chiquilines empiezan a jugar muy mal sopeados. El baby fútbol es buena cosa porque saca  a los pibes  de la calle, los ayuda a enderezarse, a caminar derechito. Desde este punto de vista es algo útil, que nosotros no tuvimos. Pero en los demás están equivocados, les están quitando el aire a los niños, los ahogan con tanta indicación, con tantas  recomendaciones.  ¡No  mi  amigo!  Adentro  de  la  cancha, dele  libertad, suéltelos. Que disfruten. No hay otra forma, no hay…”

¡Qué  magníficas  palabras!  Obdulio  Varela  se  expresaba  así  en el  libro  de  Antonio Pippo: “Obdulio,  desde  el  alma”,  publicado en 1993.  Por  cualquier  parte  de Montevideo y del interior del país de que vayamos, podemos presenciar claramente estas escenas. Dejemos jugar a los niños. ¿Por qué tanta exigencia?, ¿por qué tanto desborde  anímico  de  los  adultos?,  ¿por  qué  exigirle  a un  niño  lo  que  nosotros no logramos?.  En  muchas  ligas,  sea colegial,  barrial,  AUFI,  baby  fútbol,  vemos  las mismas situaciones  y vicisitudes.  ¿En  dónde  quedó  ese  juego  libre, espontáneo  y placentero?. Presiones, presiones, resultados y resultados, lágrimas y angustia, niños que  sufren  porque  no pueden  efectuar  lo  que les  pide  el  adulto  (sea  entrenador, madre, padres, abuelos o dirigentes). Hay otros adultos que se dieron cuenta de esta realidad y por eso han nacido otras ligas, pero esas personas deben de cuidar de no caer en lo mismo y de que no se transgreda lo más sano para el cuerpo y la mente: que es el placer de jugar, de disfrutar, de lo lúdico. ¿Qué nos brinda el juego? Es una acción libre y voluntaria, por lo tanto quien participa lo hace sin condicionamientos, sin coacción alguna. A través del mundo del juego, nos comunicamos con el entorno, es  un  estímulo  para  el aprendizaje.  Es  una actitud  de  vida,  es  una  forma  de incorporar al otro sin el acartonamiento. El niño necesita jugar: jugar solo, jugar con otros niños y también con los adultos. El juego facilita el desarrollo de las actividades cognitivas  y  motrices,  así  como  la tolerancia  a  la frustración,  la  perseverancia,  la creatividad,  la concentración  en  una  tarea,  el  descubrimiento  de  sí  mismo,  el desarrollo  de su vida  interior, la capacidad  de iniciativa. Es un ámbito  privilegiado para mostrar lo que tantas veces no se puede expresar en palabras. Es un verdadero campo  de  aprendizaje,  un ajuste  del  sistema  de comunicación,  un  entrenamiento para el cambio, y el ámbito ideal para el desarrollo de la pertenencia, la cooperación y la pertinencia. Es a través de la actividad motriz, predominante en los juegos, que se  incluye  el  movimiento corporal.  La  coordinación  psicomotriz es  una  cualidad directamente  ligada  a  la  expresión  del  cuerpo, porque  todo movimiento  tiene  una connotación  psicológica  de sensación.  Se  sabe  que  el  déficit  en  movimiento  y  el descontento  influyen negativamente  en  el  desarrollo  físico  y psíquico  del  niño.  La actividad física al aire libre y en un grupo que comparte la misma afición, luchar unos contra otros, el placer del juego y sobre todo el afán de esforzarse pueden fomentar el desarrollo físico y psíquico del niño. El juego se coloca como dato integrador capaz de favorecer la maduración intelectiva y los procesos de adaptación y de adquisición. Sería la vía maestra hacia la socialización. A través de ese proceso de socialización es que se van dando un montón de cambios, tanto individuales como colectivos. El “campito”  y  los espacios  verdes  fueron desapareciendo  para  dar  paso  a  las Instituciones  Deportivas,  de  todo  tipo  y  color,  desde  la  liga  más  pobre  a las  más adinerada.

Pues bien, el desarrollo social de las últimas décadas influye en todos los ámbitos de la vida, también en la cultura física y en el deporte y, conforme a eso, el fútbol. Si nos ocupamos del fútbol infantil y/o del baby fútbol de la época actual no debemos descuidar las  nuevas  condiciones  de  vida,  las  pretensiones  de  la  sociedad, de  la escuela,  y  de  la  familia,  así  como  la  mayor  oferta  de tiempo  libre.  La  revolución científico – técnica ha traído consigo grandes cambios. La fuerza creativa del hombre cambia  al  mundo.  El  volumen  y  la  intensidad  del  trabajo  corporal  disminuyen permanentemente.  Al  mismo  tiempo  se  exige  cada  vez  más  la  componente intelectual  de  la  personalidad,  el umbral de  la  carga  psicológica  se  eleva.  Las exigencias escolares que plantean a nuestros hijos los diseños curriculares en cuanto a cantidad y contenido aumentan. Los múltiples estímulos ambientales, junto con una  mayor  transmisión  de  conocimientos e  información,  sobre  cargan  el  sistema nervioso;  siendo especialmente  este  sobreflujo  de  estímulos  el  que  fomenta el stress.  De  ahí  que  puede  desarrollarse  el  sentimiento  de  no reunir  siempre  la suficiente  cantidad  de  energía  para  un esfuerzo  físico  y mental.,  y  hay  niños  que prefieren una ocupación pasiva. Sin embargo, un niño, que pasa la mayor parte del día  en un  colegio,  y además  llevando  a  cabo  exigencias escolares y  de  formación complementaria, necesita mucha más de la actividad lúdica, una carga física que le de frescura corporal y mental disolviendo sus tensiones. Pero ¿qué sucede? El niño llega  al entrenamiento  o al partido y también se encuentra con exigencias, con la técnica,  con  la  táctica,  con  el  exitismo,  con  el  resultado, con  la  presión,  común montón  de  situaciones  que  las  provoca el  adulto,  con  maniobras  cada  vez  más perjudiciales para el niño. Campeonatos, series, ascensos, descensos, golero menos vencido, Fair  Play,  goleadores,  fixture  cada  vez  más  competitivos.  Por  momentos destrato a los niños, insultos al juez, improperios entre los padres y entre estos y los entrenadores.  ¿Qué  es  esto?,  ¿alto rendimiento  en el deporte  infantil?,  ¿en donde quedó  el  disfrute del  juego,  la  pisadita, “la  jopeada”,  la  multitud  de camisetas, diferentes equipos, remeras desteñidas y buzos que se mezclaban en un arco iris de placer y alegría?, ¿en dónde quedó ese juego libre y espontáneo, que nos brindaba la posibilidad  de  reir  y abrazar  al  compañero  o  al “contrario”  provisorio  de ese “picadito”?.

Hace años que el consumo ha llegado al deporte infantil, pero debemos pensar que el niño no es una mercancía, que se hace lo que se quiere con ella. Si sólo le exigimos  rendimiento,  si  esto  se transforma  cada  vez  más  en  VENCEDOR  O PERDEDOR y ejercemos más presiones sobre el niño, este va imponerse metas cada vez más nuevas y más altas, para tratar de agradar al adulto con el objetivo de que lo aprueben. Este es un camino totalmente negativo para el niño, perjudicial para su psiquis y para el proceso de formación de su personalidad.

El deporte infantil no debe ser una guerra, sino un espacio de disfrute, de placer, de conocimiento, de aprendizaje, de compañerismo y de una mejor calidad de vida. Los parques, las calles, los patios, los espacios libres más grandes o más pequeños y las instalaciones deportivas esperan a los niños. El balón rueda y pica, una y mil veces, pero que sea para ofrecer experiencias placenteras, no para lágrimas y angustias.